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La jirafa enjabonada, de la autora Silvia Schujer

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La leyenda del bicho come ruidos de Silvia Schujer

  Leyenda del bicho come ruidos, analizado con 6to. grado turno tarde Cuando llegó no era más grande que una hormiga. Invisible, sí, pero una hormiga. Y entró sacando pecho como si fuera a comerse el mundo. Dicen que se metió en el barrio como pancho por su casa. Como ciudadano ilustre. Que empezó el atracón por lo más grande: por la calle principal a la hora en que los autos, la gente y los oficios parecen tener cuerda para rato. Que se tragó las sirenas, dicen. Las bocinas, el ronroneo de los motores, las frenadas de los colectivos y el estornudo de un canillita. Que se metió en los bares y tragó mesa por mesa el tintineo de las tazas, el murmullo de las conversaciones y la melodía de un afilador que se coló por la ventana. Que así fue como en un santiamén y sin que nadie hasta entonces supiera de su existencia, el bicho comerruidos cobró el tamaño de un gato. Que apenas satisfecho con los ruidos de la calle, fue a las fábricas más grandes de la zona. A comerse el traqueteo de la...

El rey mandon de Liliana Cinetto

Demetrio Latov de Angeles Durini

Estofado de lobo

La guerra de los yacare de Horacio Quiroga

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El escuerzo de Leopoldo Lugones

EL ESCUERZO Cuento de Leopoldo Lugones, de su libro Las fuerzas extrañas Un día de tantos, jugando en la quinta de la casa donde habitaba la familia, di con un pequeño sapo que, en vez de huir como sus congéneres más corpulentos, se hinchó extraordinariamente bajo mis pedradas. Horrorizábanme los sapos y era mi diversión aplastar cuantos podía. Así es que el pequeño y obstinado reptil no tardó en sucumbir a los golpes de mis piedras. Como todos los muchachos criados en la vida semi-campestre de nuestras ciudades de provincia, yo era un sabio en lagartos y sapos. Además, la casa estaba situada cerca de un arroyo que cruza la ciudad, lo cual contribuía a aumentar la frecuencia de mis relaciones con tales bichos. Entro en estos detalles, para que se comprenda bien cómo me sorprendí al notar que el atrabiliario sapito me era enteramente desconocido. Circunstancia de consulta, pues. Y tomando mi víctima con toda la precaución del caso, fui a preguntar por ella a la vieja criada, confident...